21 abr. 2016

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Un día surgió un fantasma (pero no un fantasma malo ni nada, sino uno serio) de no se sabe muy bien dónde.

El caso es que el fantasma estaba justo en la habitación de después de la entrada a una fiesta (pero no una fiesta de reggaeton, de hardcore ni de EDM, sino una fiesta con música muy diversa) en la que no conocía a nadie.

Tras esa habitación (pero no una habitación con varias puertas y ventanas, sino más bien una alargada, parecida a un pasillo) estaba la sala principal, una sala muy grande (grandísima) llena de gente muy diversa. El fantasma comenzó a caminar por la sala, primero cerca de los muros y lejos de la gente, para contemplarlos en la distancia y no perderse: únicamente para echar un vistazo general. Lo cierto es que tenía muy buena pinta: todos los fantasmas parecían tener su misma edad (en realidad, porque nacieron todos a la vez y ellos nunca mueren). El caso es que algo llamaba la atención a nuestro protagonista: Él sabía que las personas que les rodeaban eran fantasmas, pero llevaban una especie de pintura (especial para espectros, claro) o traje semitranslúcido, como si estuvieran disfrazados.

El fantasma comenzó a acercarse (pero no acercarse del todo, sino más bien despegarse del muro, alejarse de él) a los disfrazados para contemplarlos desde más cerca: había algunos vestidos de piratas, otros de superhéroes, y pocos de detectives. Había algunos de músicos, otros de científicos, y pocos de médicos. También había un grupo muy pequeño que estaban disfrazados de filósofos, pero eran muy pocos: tan pocos, que pensó que sería interesante acercarse, para averiguar por qué eran tan pocos.

Al comenzar su trayecto hacia ese grupo (que estaba en la otra punta de la sala: parecía que iba a tardar mucho tiempo), algunas personas se fijaron en él. Nuestro fantasma, por supuesto, iba sin disfraz, por lo que era el que más llamaba la atención.

Primero, saltó un chico muy delgado, vestido de negro, con un pelo muy largo y postura encorvada. Le preguntó que por qué iba sin disfraz. El fantasma le contestó que no sabía por qué, que acababa de llegar. Nadie le había avisado de ello, pero tampoco le había dicho nadie que fuera obligatorio, así que no lo pensó mucho. "¿No ves que todo el mundo va disfrazado? Igual deberías ponerte algo." El chico le dió una camiseta muy larga y muy oscura, y le prestó un poco de pintura de caras para que se hiciera algún dibujo. "¿Por qué me das pinturas de caras? ¿No te das cuenta de que somos fantasmas? Es un milagro noumenal que podamos vestirnos con estos trajes pseudotransparentes. De todas formas, muchas gracias." "Anda, es verdad, ¿por qué no me habría dado cuenta antes? Llevo toda mi vida cargando con estas pinturas, prestándoselas a la gente, y en realidad nunca me había dado cuenta de que ni yo puedo usarlas, ni nadie a quien se las presto. Bueno amigo, no te pregunto el nombre porque sé que nadie tiene aquí, pero ya nos veremos, recordando caras soy muy bueno." "No tengo cara, ni tu tampoco." "Bueno compañero, si sigues así vamos a tener un problema. Nunca nadie se ha cuestionado lo que hago y ¿vas a venir tú ahora a contarme estos rollos? Anda y que te den morcilla cósmica, chaval." Evidentemente, nuestro fantasma salió huyendo, y por el camino, tiró la camiseta. No porque le diera miedo que le pudieran pegar ni nada por el estilo: los fantasmas no se pueden pegar unos a otros. "En realidad, me daba pena, pero es que en general no sé cómo lidiar con esa gente: o salgo corriendo o les sigo el rollo sin que me importe mucho lo que me están contando", me dijo un día que salimos a charlar. "Prefiero pasar de ellos, no me cuesta nada y todos salimos ganando."

Tras la poco esperada intervención del chico, salió otro hombre. Este tenía más "edad" (aunque es cierto que todos nacen a la vez, hay fantasmas que envejecen más rápido que otros. Depende de cómo se cuiden, de sus niveles de plasma en relación a su volumen, y alguna cosa más de la que no me acuerdo bien), e iba vestido de intelectual, con sus gafas, sus libros de texto y su calculadora científica. Todo hecho de antimateria, por supuesto: los fantasmas no pueden sostener cosas hechas de materia normal, como la nuestra. De hecho, si chocara los cinco con mi amigo fantasma, el protagonista de este relato, dicen por ahí que el mundo se colapsaría por completo en sí mismo. Supongo que un día probaremos, no creo que sea para tanto.

De lo que pasó con este hombre (pero no hombre del todo, sino un fantasma normal: aparentaba un poco más de edad, pero ya sabemos que es imposible que sea más mayor) no me acuerdo muy bien, porque cuando mi amigo me lo estaba contando, estaba en mi mundo. No lo suelo hacer, pero a veces tengo cosas en las que pensar. Así resumiendo, el tío le empezó a contar sobre materia y antimateria (de ahí viene lo del colapso), sobre que si su mundo se iba a acabar un día con un Big Crunch, y sobre la inexistencia de cualquier cosa que no sea materia (menuda tontería: si no existe nada más que materia, ¿cómo explicaba el listillo su propia existencia, siendo un fantasma como era?). Lo único que sé es que nuestro protagonista estuvo un rato largo escuchando, y al principio su discurso parecía convincente. No existe nada que no se pueda ver, unos garabatos llamados fórmulas matemáticas te permitían saber muchas cosas sobre la vida, existían mundos paralelos pero no existía Dios. El caso es que, pasado un rato, se dio cuenta de que sus teorías no tenían ni pies ni cabeza, así que también se fue. No salió huyendo, pero se escabulló a la mitad de unas teorías un poco extrañas sobre energías, trabajos y demás.

Siguió su camino hacia el grupo de disfrazados de filósofos, y cuando llegó, les preguntó por los otros chicos que habían hablado con él. Las filósofas (porque casi todos los fantasmas del grupo eran mujeres: 3 de 4, no eran muchos, como comenté anteriormente) le contestaron una serie de cosas que no puedo poner aquí, pero que, si os pudiera contar, os resultarían bastante interesantes. O, al menos, eso me pareció a mí cuando mi amigo me lo contó. De lo que me acuerdo es de que me dijo que había sido una charla muy interesante también y que se había quedado con ellas todo el tiempo (la fiesta no era ni por el día ni por la noche: el local estaba situado en un planeta sin estrella. El planeta era muy curioso porque no seguía ninguna órbita, sino que, gracias a las fuerzas del amor (entre masas, es decir, la gravitatoria), seguía un camino indefinido que recorría varias galaxias).

Por cierto, al final la sala no era tan grande. Parecía que había muchos grupitos, pero en realidad eran pocos grupos grandes que tenían subgrupos. Un poco raro. Al final, todos se llevaban bien. Menos las filósofas. Las filósofas no es que no se llevaran bien con el resto de gente, sino que no les interesaban sus conversaciones. Porque, al final, entre fantasmas, lo único que importa es si la gente de la que estás rodeado te cae bien o no, te llevas bien o no, te comprenden o no. No pueden llevar ropa, así que no pueden compartir modas. No pueden escuchar música porque no tienen oídos (fue gracioso, porque nadie podía escuchar la música de la fiesta), así que no pueden compartir gustos musicales. No necesitan (ni pueden) comer, así que no pueden compartir gustos gastronómicos. Sólo tienen el diálogo (telepático, por supuesto. Si no pueden hablar ni escuchar, no pueden comunicarse por el sonido. Lo que sí pueden hacer es escribir y leer). O eso me dice mi amigo.

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